Reflexiones de Semana Santa

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Cultural

Granada, Nicaragua

Por: Augusto Cermeño

Nuestra Semana Santa con toda su solemnidad fue en el pasado fuente viva de inspiración para poetas y escritores. Es importante destacar obras de gran renombre en el ámbito nicaragüense: la “Semana Santa en León” del poeta Azarías H. Pallais; “Guía del Procesionista” (1896) de Gustavo Guzmán; el “Víacrucis de San Francisco”; la “Hora de las Tinieblas”; y la procesión del Santo Entierro, interesantes añoranzas de Pío Bolaños y la preciosa monografía sobre la “Cuaresma y Semana Santa en Granada” de Enrique Fernández Morales.

Indudablemente estos escritores vieron en tan tradicional devoción la más típica manifestación del espíritu religioso popular de nuestros países.

Varias ciudades de Centroamérica, más que las otras han conservado el esplendor de ese culto litúrgico, seguramente influenciada por la fama de que gozara en el Siglo XVIII y luego en el XIX la Semana Santa sevillana que traspasó fronteras y ganó renombre en el mundo.

Hay quienes piensan que no hay nada más democrático que la colectividad cristiana de famosas hermandades. En las procesiones, en las celebraciones se pueden ver juntos al albañil, el carpintero, el ingeniero, el médico, el artista, marchan hermanados por un momento de fe colectiva influenciada por la celebración de Nuestro Señor Jesucristo y en muchos casos a la Virgen María, Madre de Dios.

En el fondo hay un insondable gozo de espiritualidad que se evidencia en cualquiera de los cultos que a lo largo del año mantienen las cofradías. El granadino, el leonés, mantienen una viva devoción a un cristo a una virgen, los de su cofradía.

En Sevilla resulta impresionante el desfile de interminable filas de penitentes, envueltos en largas túnicas, muchos descalzos; algunos con pesadas cruces sobre sus hombros; no pocos arrastrando cadenas o grillos con los pies sangrantes y todos con sendos capirotes puntiagudos portando cirios encendidos que acompañaban a las imágenes titulares de sus hermandades.

El Sepulcro

Según escribía Chesterton, un cristiano quiere decir un hombre que cree que la deidad o santidad se han unido a la materia, penetrando así en el mundo de la materia.

La definición del cristianismo radica esencialmente con un dios que se hace hombre, muere y resucita el tercer día.

Para el cristianismo la historia universal en esencia esta toda comprimida con esos tres días y limitada a un sarcófago. Este sepulcro vacía está lleno de vida cristiana.

Ya no hay en torno al Santo Sepulcro la primitiva riña bélica entre cruzados, moros y judíos. Sobre el Santo Sepulcro reina una atmósfera de armisticio y participación.

Lo que reina sobre el sepulcro es una polémica de distintas maneras de veneración y distintos enfoques de amor.

Inmortalidad

La energía atómica que produce bienestar a grandes multitudes de pueblos dando energía eléctrica a los mismos o fuentes de energía para desarrollar grandes proyectos nucleares de bienestar para la humanidad. El asunto es, que sería la ética quien decidirá si la energía atómica ha de ser una bendición o el origen de la destrucción total de la humanidad.

Se cree que hay dos fuerzas que nos impulsan. Una de ellas es la creencia en el juicio final, en el que tendremos que dar cuenta de lo que hicimos con el gran don que nos concedió Dios: la vida terrenal. El otro es la creencia en un alma inmortal, un alma que disfrutará de la recompensa o sufrirá el castigo decretado en el juicio final.

Según escribe Werner Von Braun, considerado el hombre de ciencia más célebre del mundo en la década de los 70; “la creencia en Dios y en la inmortalidad es lo que nos da la fuerza moral y la orientación ética que necesitamos prácticamente para todas las acciones de nuestra vida cotidiana”.

Además, Von Braun decía que mucha gente parece experimentar la sensación de que, en cierto modo, la ciencia ha dejado anticuadas o fuera de lugar las “ideas religiosas” pero Von Braun concluye: “pero yo creo que la ciencia le reserva una verdadera sorpresa a los escépticos. La ciencia por ejemplo nos dice que nada en la naturaleza, ni la más ínfima partícula, puede desaparecer sin dejar rastro”.

Von Braun invita a pensar “acerca de esto. Si se hace así los pensamientos acerca de la vida no volverán a ser los mismos”.

Una conclusión científica de Von Braun es que, gracias a la ciencia, se ha descubierto que nada puede desaparecer sin dejar rastro. La naturaleza no conoce la extinción. Solo sabe de la transformación.

Entonces, Von Braun concluye: “si Dios aplica este principio fundamental a las partes más diminutas e insignificantes de su universo, ¿no es lógico suponer que lo aplique a la obra maestra de su creación: el alma humana?. Yo creo que si lo es. Y todo lo que la ciencia ha enseñado y continúa enseñándome refuerza mi creencia en la continuidad de nuestra existencia espiritual después de la muerte. Nada desaparece sin dejar rastro”.

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