22 octubre 2021

LUIS MATUTE

 

EL VEGETARIANO
Departamental
Granada, Nicaragua
Elvis Hernández Lazo
Abril 2014
 
La perfección es una pulida colección de errores                                                                                      
Mario Benedetti.

Luis Matute, recitaba, jactancioso, a sus compañeros de trabajo los por menores de las pócimas más increíbles para alargar la vida. Ese lunes de pascua caluroso en las oficinas de la compañía  de seguros “Siglo Feliz” había llegado antes de la hora normal como era su costumbre. Para ese tiempo él ya era considerado pieza de museo para la empresa. Hacía  muchos años que había dejado de consumir licor y cigarrillos, de piropear a las mujeres bonitas y seductoras y de haber comenzado la práctica de una dieta vegetariana digna de un Monge Tibetano. Repetía de memoria los beneficios de la soya, los milagros del ajo, y veneraba la magia del limón. Se sentía dueño de una gran fortuna de conocimientos. Hablaba con propiedad de la longevidad de los chinos de las alturas y de las civilizaciones más antiguas como que si fueran sus parientes cercanos.
 
El domingo bendito que se convirtió en una persona complicada para comer y respirar, lo tenía en su vida como fiesta nacional. Habían pasado ya veinte años gloriosos y de estar seguro que su cuerpo apenas había envejecido cinco. Lo que si nunca cambio fue su rutina de trabajador puntual y amigo incondicional, no renunció a las amistades vecinales y menos a las de su trabajo, los necesitaba para expresar en cada oportunidad sus conocimientos ya sabidos por todos y los nuevos que averiguaba por medio del internet o alguna revista especializada, a las que religiosamente estaba suscrito. Las adulaciones compasivas de sus queridas amistades lo fueron enredando en un marasmo de complicaciones que se le delataban en su cara. Sus dientes fueron saliéndose de su  formación del engarce normal, provocado por la falta del consumo de proteínas y el exceso de calcio y potasio. Las rayas de la frente y mentón  se profundizaron en un mapa hidrográfico de desborde y el pelo canoso con el panorama de un periódico mal doblado.
 
 A los pocos años después que se convirtió en vegetariano, estuvo al borde del despido. En varias ocasiones discutió con sustento religioso, que algunos clientes estarían al borde de la muerte porque consumían carne más de tres veces por semana, negándoles las  pólizas para seguros de vida. Lo cambiaron de puesto pasándolo de analista de seguros a la contabilidad donde sus teorías de alargar la vida no provocaran conflictos. Cuando celebraba su cumpleaños en la oficina era el único cumpleañero que pedía no consumir licor, no fumar, no poner refrescos dulces y ni que se les ocurriera poner carne de cerdo. Él servía todo. Fresco de espinaca, pastel sin merengue, carne de soya, ensaladas abundantes en ajos y cebollas y unos vinos de marañón que despedían olores que provocaban las bromas pecaminosas. 
 
Ese lunes de pascua, después de una semana de no ver a sus compañeros de trabajo y de llegar todos con unas caras de león apaliado, engomados y quemados de excesivo sol, les aplicó un sermón contundente sobre como respetar sus cuerpos y ponerse en armonía con sus órganos.
Algunos le reprocharon que dejara de hablar y si tenía la solución que se las aplicara. Les receto una purga de aceite de olivo con limón, ajo, y diente de león prensado con agua de buda y aceite de castor. Pócima que él mismo preparó jalando la última gaveta de su escritorio donde guardaba los ingredientes para los primeros auxilios de los mortales. Todos obedientes y enfilados en comunión, pasaron por su escritorio tomando media tasa de un líquido ocre que tragaban con un pedazo de alfañique. A los cinco minutos los ecos revoltosos de los vómitos y los apuros en los baños sonaron resueltos  por todo el edificio. Después de lavar las impurezas expresivas de los días de parranda, la calma regreso porque se dio un asueto total por los malestares colectivos. Al final no se supo que fue lo que causó el daño, si las gomas telúrica o la purga  para caballos.
 
Ese mismo día a las dos de la tarde, a media cuadra de su casa, recordó con temor que no tenía carne de soya en su alacena. Un recuerdo triste le tocó su existencia, su jactancia disciplinada lo obligó a retroceder dos cuadras hasta el almacén del naturista Crisanto Leiva para comprar la carne que le apetecía su conciencia. De seguro ese no era su día, una pizarra acrílica con letra de maestra de escuela decía “carne de soya hasta mañana a las diez am.”  
Chispeó su boca con desafino, observó a su alrededor por donde debía de caminar para encontrar un oasis de comidas vegetarianas que le aliviaran su existencia. Pensó rápido en las frutas pero estas solo se vendían en las esquinas por las mañanas. Caminó en dirección a la calle central buscando el mercado, alereando los techos anchos para escapar del sol de la tarde que ardía sin compasión. Observó palmo a palmo las ventas de las aceras llenas de pecados culinarios. Reposterías ancestrales de colores vistosos,  Bolsas de mangos celeques con sal y chile, tortillas palmeadas en plena calle, espumillas de huevos con rodamina, enchiladas grasientas con arroz y chorizos de cerdos. Pensó que la  ciudad conspiraba contra él y que todos ignoraban que fabricaban su muerte. Se llenó de espanto ante la tranquilidad del mundo. A nadie le importaba si algo que pasara por la boca le era saludable o no, lo que si querían todos era el disfrute del sabor del momento. 
 
Se dio por vencido y regresó a paso doble para su casa, donde tal vez quedaba algún resabio de cereal que se compadeciera de él. Una rabia sin sentido le invadió el alma. Todos son estúpidos, cerdos, ordinarios que se mueran todos de cagaderas torrenciales. Continúo ciegamente su producción ofensiva, hasta llegar a la esquina de las ferreterías, donde sin medir la distancia entre el peligro y la razón una camioneta cargada de Cerdos con rumbo al matadero lo arrolló sin compasión estrellándolo contra un fogonero, donde se asaban tasajos de carne para despachar con plátanos refritos en aceite.
 
La vida es así, dijo un compañero de labores en sus funerales, corras o no tendrá que llegar ese momento que nadie quiere. Días después un amigo más sarcástico le puso un epitafio en su tumba “aquí yace un amigo que desperdició los sabores dulces del mundo, para morir amargamente” 
 
Pasaron los años en la compañía de seguros Siglo Feliz, recordando el nombre de su compañero. Cuando alguien decía que esto o aquello era malo para la salud te recriminaban con la frase “YA VA LUIS MATUTE”.
 
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