Arte y Cultura
Por: Guillermo Menocal G.
Agosto 22, 2015.
Fue un hombre distinguido, culto, bien parecido, solidario con sus allegados y comprensivo con todos aquellos que por alguna razón se le acercaron en busca de un algo que necesitaban para apaciguar sus vidas. Fue franco, honesto; marido y padre ejemplar. Desde joven gustó tanto de la emoción que le producía la lectura de la poesía, que empezó a escribir poemas y los cultivó con pasión y gozo. Siempre andaba a la literatura en sus sienes y en su corazón. En las tertulias literarias de su época, relucía su estro y su mesurado decir coherente y lógico, “porque era ameno y condescendiente”, referían sobre él, hace mucho tiempo, ciertos compañeros de esa sazón. Nunca las lides, ni el encono, resquemor, insulto, imperó en su ser cordial, bondadoso y cortés. Sencillamente fue un hombre que siempre se aferró al magisterio jurisconsulto, a las artes, a la literatura, a la música, al sentido de la amistad. Supimos muy bien, quienes los conocimos y tratamos, que a su manera cultivó una filosofía existencial y práctica para sobrellevar su existencia. Creo que en los últimos momentos de su vida, fue un hombre sereno que sabía que iba a morir y que sabía también que no llevaba a cuesta ninguna carga pesada de la cual debía de arrepentirse, o sentirse desmoralizado. Su muerte fue digna porque fue candoroso y porque se entregó a ella plenamente sincero y sin temor. Descansa en paz, mi muy estimado y admirado, Rodolfito Sandino Argüello.






