27 noviembre 2021

Estatuarias precolombinas que intentaron borrar los conquistadores españoles: descubiertas por Squier y Bovallius

Arte y Cultura

Granada, Nicaragua

Por: Augusto Cermeño

IMG_8603Debemos reconocer que nuestra historia ancestral y reciente, nuestras cultura, nuestra civilización, ha sido cubierta y descubierta por conquistadores y estudiosos extranjeros sensibilizados por evidencias tan antiguas, tan magistrales, tan hermosas, que no podíamos ver, ni llamarnos la atención por la voluntad política, cultural y religiosa de los autores de la conquista.

Nuestros ancestros, a pesar de imposiciones culturales, no dejaban de impresionarse al “descubrir” los montículos de tierra donde los fanáticos conquistadores españoles habían “enterrado” la cultura propia de los reales dueños de lo que se dio en llamar América.

IMG_7999El conquistador hizo hasta lo imposible por borrar la cultura de nuestros ancestros precolombinos, por considerarla salvaje, bárbara y no cristiana, totalmente opuesta al cristianismo de los reyes católicos del siglo XV y XVI, épocas de las grandes conquistas españolas que dieron lugar a un saqueo desmedido, brutal y sanguinario de los pueblos de América y sus recursos, sobre todo el oro y las tierras. Mataron, esclavizaron y torturaron.

Hoy, ante nosotros, tenemos evidencia de nuestra cultura, de nuestra forma de pensar, actuar e interpretar al mundo y la existencia humana, a partir de una muestra estatuaria, que la podemos ver, contemplar con los ojos de nuestros ancestros indígenas precolombinos y no con la de los ancestros españoles, muchos de los cuales eran manadas de ladrones y asesinos que fueron puestos en las carabelas de Cristóbal Colón, para ir con él a una aventura incierta, pero que prometía descubrir el nuevo mundo, nuevas tierras, nuevos tesoros, nuevas riquezas en las que ellos tendrían un “buen botín”.

Los países conquistados, hasta ahora, no hemos cambiado mucho, porque el progreso que ha llegado a nosotros se ha hecho a costa de nuestra libertad, de nuestras vidas, incluso, ha sido un progreso impuesto, un avance lentísimo, con culturas impuestas y una restringida libertad de pensamiento, que es de donde se origina todo avance en la humanidad.

Estatuaria de San Francisco

IMG_8600En el Convento de San Francisco, la estatuaria están debidamente rotuladas, algunas, con datos precisos unas y pocos datos, otros. Observamos los Jaguares I y II, de doble figura humana. El Jaguar II, de procedencia desconocida, dejando ver que posiblemente sea de Zonzapote, siendo el descubridor Ephraim George Squier, en 1849.  Los comentarios de Squier nos llaman la atención, y nos hace pensar en el mensaje de siglos que ellas encierran.

El Jaguar I, fue descubierto por Bovallius, en la Isla de Zapatera, en 1883. Otro descubierto por Bovallius, es “La Serpiente”, en Zonzapote, Zapatera en 1883. Más al centro de la estatuaria expuesta en el Convento de San Francisco, esta “El Diablo”, lo que se describe como una estatua antropomorfa, con figura humana, sentada en enorme cabeza, larga, lengua y ojos grandes.

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Este dibujo fue hecho por el artista (dibujante) que viajo con Squier

Esta fue descubierta por Squier, en Pensacola y la Marota, en 1849. Este viaje de Squier se dio el dos de diciembre de 1849, bajo información de un marino que le dijo que en la Isla Pensacola estaban semienterradas unas enormes “piedras antiguas”. Esto lo hizo viajar a Pensacola.

Recuerda Squier, que en Pensacola, “los hombres se desparramaron en busca de los ídolos. Nosotros les seguimos sin demora. Nuestra ansiedad no duró mucho; un grito de ¡aquí!, ¡aquí!, dado por el hombre del doctor, era señal de que los había encontrado. Corrimos a su lado. Era cierto, pues advertimos claramente dos grandes bloque de piedra semienterrados”.

Según Squier, en su libro Nicaragua, sus Gentes y Paisajes: “Las partes al descubierto, aunque desgastadas por los rigores del tiempo, y evidentemente víctimas del vandalismo, dejaban ver su fina labor escultórica”.

Descubrieron los bloques y se dieron cuenta que “eran efigies grandes y bien proporcionadas, obra de artesanía superior y tamaño mayor que cualquiera de las que habíamos encontrado, hasta entonces. El descubrimiento fue en verdad emocionante, y los marineros indígenas parecían tan emocionados como nosotros”.

“Moctezuma”

IMG_8005Los marineros indígenas, “en cuclillas alrededor de los ídolos, especulaban gravemente alrededor de su origen. Al fin se pusieron de acuerdo en que el más grande era nada menos que Moctezuma. Es curioso que el nombre y fama del último emperador azteca sean todavía venerados por todos los indios que quedan entre los bancos del Gila y las riberas del lago de Nicaragua. Al igual que los pecos de Nuevo México, algunos naturales de Nicaragua mantienen aún la creencia de que Moctezuma habrá de volver un día a restaurar su antiguo imperio”, comenta Squier.

“Así fue como aquellos fanáticos católicos de siglos atrás se empeñados en destruir el apego supersticioso que los indígenas tenían por sus dioses”

Squier hace un comentario que nos llama la atención, sobre la actitud de los conquistadores respecto a la cultura y creencias politeístas de los ancestros precolombinos. Pensó un poco en la idea de los españoles de enterrar las estatuarias, destruirlas, definitivamente, sin pensar en que con el tiempo serían desenterradas.

Al desenterrar una de las esculturas, “… el más pequeño de los ídolos. No cabe la menor duda de que fue enterrado deliberadamente allí, pues se rompió un brazo al caer dentro del hoyo que cavaron ex profeso para sepultarlo, y tenía la cara machacada y mutilada. Así fue como aquellos fanáticos católicos de siglos atrás se empeñaron en destruir el apego supersticioso que los indios tenía de sus dioses”.

Hablando de la imagen descubierta, Squier la describe así: “Tiene figura de varón y es sólido y pesado; descansa sobre un pedestal rectangular, echada la cabeza un poco hacia adelante, y apoya sus manos en los muslos, según se ve en la lámina Numero 1. Tienen la cara como saliendo de las fauces de una monstruosa cabeza de serpiente en cuya parte inferior pueden distinguirse los anillos. La cabeza del ofidio con las fauces abiertas, y la cara del hombre, son de un verismo vivido. El conjunto es una escultura de esmerada y atractiva ejecución”.

Comentando la obra, Squier nos dice que “este ídolo, esculpido en piedra arenisca y dura, de color rojiza, es de líneas sueltas, y sus brazos y piernas –a diferencia de los monolitos de Copán- están bastante separados del cuerpo: lo más que pudo hacer el escultor sin peligro de que se le rompiesen; y los cortó con tal atrevimiento que no he visto nada semejante en ningún otro ídolo de los aborígenes americanos”.

“El diablo”

IMG_8602 IMG_8625 IMG_8627Otro de los ídolos descubiertos por Squier en Pensacola es que también se exhibe en el salón de las estatuarias de San Francisco, que apodan “El Diablo”. Según Squier, “después de dos horas de sudar paciencia y calma, conseguí levantar de su lecho de siglos otro ídolo de grandes proporciones, pero completamente distinto de los otros; tiene éste un semblante extraordinario y repulsivo”.

Este ídolo, no solo impresionó a Squier, sino que asustó a los miembros de la excursión, entre los que estaban marineros indígenas. “Está roto por su mitad inferior, que no pudimos encontrar; lo que resta de él es solo el tronco y la cabeza. Esta es desmesurada, redonda y de ojos desorbitados; tiene orejas anchas y enormes, y de su boca extremadamente abierta –cuya mandíbula inferir tira hacia abajo con sus propias manos- le sale una lengua que le llega al pecho, dándole al conjunta una horrorosa expresión”.

A Squier le pareció esta imagen, con la descomunal cabeza “surgiendo del suelo y su fija y pétrea, parecía un monstruo gris recién salido de las entrañas de la tierra al potente conjuro del hechicero de una satánica religión”.

Al ver el enorme ídolo de piedra, revela Squier: “Mis hombres  retrocedieron temerosos, y más de uno se santiguo susurrando a su vecino: “¡Ese es el diablo!”. Allí pude medir el pavor con el que debieron haberlo mirado los fieles de la antigua religión, cuando el sanguinario sacerdote le untaba en la larga lengua el todavía palpitante corazón de un pobre indio”.

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