4 diciembre 2021

El maravilloso momento de la creación

Arte y Cultura

Granada, Nicaragua

Por Augusto Cermeño

IMG_9459Gioconda Belli, recoge en este poema, una de las más hermosas muestras del milagro de la creación, la relación de dos seres humanos: uno que lleva por meses la carga bendita, la divina criatura de Dios y el otro: esa preciosa criatura del creador del universo.

Resulta una especie de testimonio de algo único, que trae consigo el dolor y el amor juntos, algo que tan meticulosamente describe la poeta Belli y deja en todo ser humano que la escuchó, ese sentimiento especial, de ser uno y otro a la vez. A continuación el poema:

 

IMG_9583El recuerdo, en la noche de Managua

La brisa moviendo las hojas de los mangos,

Las paredes verdes del hospital;

El doctor Abaunza sentado en una mecedora,

Con su impecable bata blanca almidonada y sus gruesos bigotes.

Me bastaba verle las manos para sentirme segura.

Yo en la cama, oyendo las voces de tus abuelos, a lo lejos, desde el mundo donde solo existíamos tu cuerpo, mi cuerpo y las leyes de la creación, separándonos.

19 años tenía tu madre, tan jovencita, dijo la enfermera;

Mientras yo me sentía antigua,

No hay momento de más sabiduría que el parto, el rito milenario de la especie, hace una a todas las mujeres.

Cada uno de mis músculos sabía su oficio.

Sordamente hacía su labor, los huesos, se habrían los pasajes. Cada dolor partía la carne y era soportable tan solo por la promesa final: el rostro pequeño, al otro lado del túnel; el abrazo, al final de la carrera.

Fueron doce horas de arduo trabajo: mi cuerpo empujándote hacia el mundo, tu cabeza, abriéndose paso hacia la madrugada.

Eran las dos de la mañana cuando me pasaron a la camilla, a través de corredores oscuros, láminas cuadradas en el techo, luces de neón pálidas, entramos a la sala de operaciones.

Por fin, la bendita anestesia.

Ya sin dolor, tuve que contener la risa. El ayudante del médico, bajito, subió un par de gradas, me apretaba la barriga: empuja, empuja, ya viene, ya viene, hasta que llegaste;

hasta que a distancia, te vi, cabeza abajo, cubierto de sebo y sangre, llorando.

¡Es una niña!, dijo el doctor Abaunza. Afuera, sobre el marco de la puerta de la Sala de Operaciones, en el Hospital Bautista, encendían una luz, para anunciar al padre y la familia, el sexo del recién nacido.

Pensé en la luz roja iluminándose. Hace mucho de aquello.

Pero la memoria me devuelve, minuciosa, cada detalle.

Te tuve en mis brazos, tanto tiempo. Y tu cabeza, aún blanda, tomó la forma de mi brazo.

Me espanté y lloré, creyendo haberte hecho daño. Todavía me pasa. Todavía me espanta y lloro, cuando pienso que te he causado dolor.

El parto, apenas comienza, cuando se nace.

Todavía, y quizás para siempre, estaremos pariéndonos a empujones; viajando por la vida, por la nostalgia de habernos serado. Amando la cueva oscura. El silencio fluye en lo amniótico, en la más íntima cercanía; pero también la luz, el aire, la existencia distinta, de la una y la otra. El misterio de la vida nos acerca y nos aleja.

Pero el amor es más grande que todas las contradicciones.

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