3 agosto 2021

El Amor libre, amor puro, amor platónico y el dulce néctar de los dioses, marcaron el sinuoso camino literario de Carlos Martínez Rivas: un hombre de pocas amistades y un poeta tan grandioso como Rubén Darío

Carlos Martinez Rivas


Granada, Nicaragua
Sábado 23 Noviembre 2013
Augusto Cermeño
 
Carlos Martinez RivasLa vida del poeta Carlos Martínez Rivas, CMR, estuvo signada por lo que los hippies llamaron en los años 60 “amor libre”, el amor platónico y “el dulce néctar de los dioses”. Martínez Rivas fue un hombre de pocas amistades, muy cerrado; un poeta tan grandioso como nuestro amado Rubén Darío.
 
Recientemente tuvimos un conversación con uno de los pocos amigos de CMR: don Róger Barberena Garay, el legendario empresario de las maquinas de escribir, que nació y creció en el no tan célebre “Casco de Oro” y a golpe de calcetín logró hacer una de las más solidas empresas nicaragüenses importadoras de máquinas y equipos de oficina, ganándose el nombre de “El Rey de las máquinas”.
 
Este hombre, surgido de la nada, teniendo como duro maestro a su padrastro, logró crecer, desarrollarse y en esos caminos de la vida se cruza con Carlos Martínez Rivas y, sin ser poeta, logra trabar una amistad de acero inoxidable. Una amistad que mucho apreció CMR, además de esa amistad del poeta con el comandante Bayardo Arce Castaño.
 
El poeta y el Juez
 
En la vida nos ocurren cosas inesperadas, sorprendentes, que nos sacan del quicio de lo “normal” o “natural” para trasladarnos a un mundo que hace pensar que nuca se sabe lo que te vas a encontrar “a la vuelta de la esquina”.
 
Róger Barberena Garay nos relató un poco sobre un favor muy peculiar que le solicitó su amigo CMR, en el sentido de llevarle una carta al doctor Agustín Cruz Pérez, quien en 1986 era Juez de Distrito Penal de Granada.
 
En esa Carta, el poeta le pide al Juez Cruz Pérez, que le ponga en libertad a Carolina Mallorquín, una mujer morena de líneas contorneadas, curvas por donde los dedos del poeta se deslizaron impregnados de pasión extrema.
 
Agustín, al recibir la carta, sonrió por la “especial” petición del poeta. El judicial, un eterno lector literario, desde su época de estudiante de secundaria, un estudioso de las más hermosas leyendas de Homero, de bella mitología griega y un siempre potencial poeta y periodista, que en los caminos de la vida, decidió ser abogado que, desde muy joven, se convirtió en juez.
 
Agustín recuerda que “un día, Róger Barberena llegó al Juzgado, que se ubicaba en la calle Real de Xalteva, él llegó y me llevó una nota del poeta Carlos Martínez Rivas, intercediendo a favor de Carolina Mallorquín, que se encontraba detenida y que por favor le ordenara su libertad”.
 
“Yo sin vacilar, en ese momento, le dije a Róger: si el poeta más importante de este país, después de Rubén Darío, que es CMR, esta pidiendo estos, por algo será. Yo no voy a estar discutiendo de qué cosa es. Desde luego Carlos esta pidiendo la libertad de Carolina, es porque es inocente esta mujer  no tiene por qué seguir presa”, relató Cruz Pérez.
 
El judicial, de inmediato ordenó a la secretaria que hiciera “la orden de libertad”. El joven judicial entregó la orden al doctor William Mejía Ferretti, el abogado de Carolina.
 
CMR, después “en agradecimiento, me remitió una carta en la cual me agradecía”. El doctor Cruz Pérez dio lectura a la vieja carta, la que conserva, un tanto maltratada, amarillenta, con un manchón de agua circular que encierra la firma del poeta Carlos Martínez Rivas.
 
Agustín dio lectura a la carta, que dice: “Managua 5 de diciembre de 1986. Doctor Agustín Cruz, Juez de lo Criminal, Granada. Estimado amigo: desde aquellos días ya lejanos, en que nos encontrábamos a conversar en su puerta, con el poeta y amigo ya desaparecido Octaviano Bravo, no le volví ver a usted. Pues en 1983 me trasladé a vivir a Managua, en donde estoy a sus órdenes, en Altamira del Este, casa número 8.
 
Agradezco, por lo tanto, muy especialmente, la inmediata reacción suya de generosidad personal y profesional, ante mi solicitud a favor de Carolina  Mayorquín; solicitud llevada a usted por el doctor William Mejía Ferretti.
 
Ahora, con el amigo Róger Barberena, aprovecho la oportunidad para enviarle estas líneas  -para mientras tenga el placer de hacerlo personalmente-; líneas que le llevan mis amistad y gratos recuerdos.
 
Reciba un saludo cordial  y la gratitud de Carlos Martínez Rivas (firma del poeta).
 
Agustín observó que la carta la envió el poeta “en una hoja de papel común. Carlos era de los frecuentaba a “Las Bolitas”, donde vendían unas cervezas bien frías, frente a la casa de Sor María Romero. Era religioso para nosotros ir a beber cerveza. Ya sea en fines de semana, un sábado o si no íbamos un viernes, ya después de la jornada laboral, que en esa época se trabajaba en los juzgados hasta la una y media. De 8 a una. Eran unas jornadas agradables.
 
Llegaba el poeta y, ahí, nosotros lo invitabamos, con otros amigos: Norman Guerrero, Chicho Sequeira (Narciso Adolfo, qdep) y amigos de todo tipo, como Juan Jacobo Espinoza, ya desaparecido, un gran abogado, muy querido en Granada. Llegaba el poeta y ahí lo invitábamos.
 
Ya nosotros al calor de las cervezas, porque éramos arrechos a llenar cajillas de cerveza. Parecía como competencia, a ver cuántas cajillas llenábamos, de botellas vacías. Ya con las cervezas entre pecho y espalda, le pedíamos al poeta que se echara un recital de poemas, como la Insurrección Solitaria, a lo que el poeta accedía, muy emocionado y con mucho cariño se ponía a recitar su propia poesía que se sabía de memoria.
 
Las tías Reyes (Las Bolitas) se emocionaban también y ya le llevaban sus “boquitas de pájaro”, muy usuales en Granada, combinadas con cervecitas y se departía. En otras ocasiones se llegaba a la casa, en la calle Estrada, donde vivía mi madre.
 
Llegábamos, nos sentábamos en la puerta, como buenos granadinos, Hablábamos de todo, de las cosas del mundo, de las cosas buenas y de las cosas malas. También nos reuníamos con el poeta Octaviano Bravo. Era buena sintonía. Se hablaba de literatura, de todo y, gracias a Dios, como tuve la oportunidad de tener una buena formación en el Instituto Nacional de Oriente, donde mi profesor fue Noel Rivas Bravo, hoy profesor en una universidad en España, donde participó en un concurso y fue el número uno.
 
Noel leía tanto, que a los españoles se las dejó en la mano, y quedó en primer lugar. Noel también fue muy amigo de Carlos Martínez, a quien le prestaba hasta camisas y mudadas. La mamá de CMR es Rivas Novoa, es granadina”.
 
CMR a la orilla del camino en el suntuoso cementerio de Granada
 
El doctor Agustín Cruz Pérez, llama la atención que la tumba, humilde morada eterna del poeta de eterna memoria, “esta a la orilla del camino”, con una placa dedicada a CMR. Róger Barberena nos confesó, a propósito de esta alusión del doctor Cruz Pérez, que cada vez que visita a sus deudos en el Cementerio, pasa por la tumba de CMR y llora al recordarlo.
 
Cruz Pérez dice de CMR que “es un poeta maravilloso, del cual hay que leerlo. Hay que recomendarle a la juventud y a los colegios, que impulsen la poesía, que impulsen la lectura. No solo leer a Carlos, hay que leer a Rubén, a Sergio Ramírez; hay que leer a los autores nacionales, a Coronel Urtecho. Los granadinos hemos tenido suerte porque hemos tenido los mejores: Joaquín Pasos, un gran poeta, José Coronel Urtecho y poetas de alto calibre como Ernesto Cardenal, que es granadino. No te andes enredado diciendo que es leonés. Te va regañar si le decís eso, Cardenal es granadino puro. Revisa bien su biografía. Lo que pasa es que vivió una época en León, pero es granadino puro, lo mismo que Pablo Antonio Cuadra, Jorge Eduardo Arellano, Kiko Fernández, del que hay que leer ese Soneto para bien morir.
 
Sugiere dedicar en LAVERDAD, “un capítulo especial a Chichí Fernández y sus travesuras con las mujeres. Chichí ahora se ha vuelto formal ha sido travieso toda su vida. Eso déjalo plasmado toda una vida, porque vos sabes que Chichi ahora vende hasta la ciudad a través de la poesía”.
 
Sugiere también “que Roger Barberena te cuente anécdotas de Carlos Martínez Rivas. Una vez, me contó Roger, que CMR tenía listo un bate para pegarle un vergazo a un sobrino de Noel, que se llama Alvaro Rivas, que se le cachó un poema. Dijo que era de él y era de Carlos. CMR dijo: en cuanto vea a este desalmado lo mato”.
 
Recomienda Cruz Pérez, hacer “una crónica especial con Alvarito, que es un gran amigo de nosotros, que también ha incursionado en el mundo de la poesía y los poetas, acordate, que en una época empiezan, para cuando quieren ser buenos, empiezan copiando. Si se copió alguna vez de Carlos, no me extraña que lo haya hecho, porque se copio de un gran poeta”.
 
Sobre amores y ocurrencias de CMR
 
Sobre los amores y ocurrencias del poeta Carlos Martínez Rivas, hablamos con don Gustavo Molina, quien nos reveló un poco sobre las andanzas del poeta por los caminos de Baco y de Cupido.
 
Dice que CMR llegaba mucho a la venta de periódicos y “éramos tan amigos, que venía, y cuando estaba muy tragueado, le cogía un hipo y me decía: don Gustavo, métame una bolsa y me la amarras y me estás vigilando. Cuando se ponía morado, se la quitaba”.
 
Recuerda que se iban a tomar unos tragos y le decía: “yo pago el restaurante y usted paga la cantina. Cuando estaba el Asia, de José Ramón Sandino, estaba CMR, Gilberto Cuadra Vega, el doctor Carlos Arguello Gómez, ahora jefe de la delegación de Nicaragua en La Haya”.
 
En el Asia, se estaban tomando unos traguitos, “cuando se aparecieron unos guitarristas ofreciendo canciones y CMR los detuvo. Les dijo: un momento, por favor no toque, porque estamos de duelo. Ah! Perdonen! y se fueron. Con eso los corrió el jodido”.
 
Recuerda que tenía una su novia que vivía, de la Gasolinera de Silvio Sandino 10 cuadras al norte, por Pancasan. “Una vez se le fue con un hombre. Me dice: amigo, se me fue y usted lo conoce, con un odontólogo. Me la pegó. Y esa jodida se fue”.
 
“El odontólogo se llevó a la novia de CMR. Incluso, cuando él la dejó, se quiso envenenar, la mujer. CMR iba en su busca, y le pregunté ¿para qué la vas a buscar? y contesto: es que yo vivo enamorado de ella. Entonces, por favor, llévemele esto: me dio unos tarros de leche y yo los fui a dejar allá, hasta Pancasan.
 
Prisionero dentro de una botella: tal como un genio de “Las mil y una noches”
 
Me puse a curiosear el artículo suscrito por Tammy Zoad Mendoza M., publicado en la revista Magazine de Noviembre 2013, y me encontré con un detalle que grafica la vida de Carlos Martínez Rivas, prisionero en una botella de licor, como en “Las mil y una noches”.
 
Él se mantenía encerrado en esa botella repleta del divino néctar de los dioses y salía de ella cuando alguien la “frotaba” y si ese alguien era de los suyos, personas agradables para él, salía y se mantenía fuera, disfrutando el momento  hasta recitando su propia poesía. Esa Insurrección Solitaria de la que habla el doctor Agustín Cruz Pérez, que CMR declamaba, ya con unas cervecitas “entre pecho y espalda”.
 
El amor como pasión y como entretenimiento para CMR
 
Es interesante ese detalle que da Tammy Zoad, en el que habla de los amores de CMR, logrando identificar sentimientos de amor “como pasión” y amor como entretenimiento.
 
CMR tuvo reales pasiones, que marcaron su vida sentimental, sobre todo de amores que se redujeron al surrealista “amor platónico”, como estrellas muy lejanas, inalcanzables, que CMR pretendió tomar con sus manos en esas largas noches oscuras y solitarias que siempre estaban con él.
 
Las mujeres, evidentemente, marcaron las pautas en la inspiración poética de CMR, y desfilan en esos amores platónicos la prima de 15 años de su amigo, cuando CMR cumplía los 13. Es Nena Barberena, chinandegana que le clavó una gran daga en el corazón, marcándolo para siempre, según logramos percibir de los relatos que hace Zoad.
 
A Nena Barberena, según Pablo Centeno Gómez, CMR le dedicó un poema de “Amor blanquísimo”. En ese desfile de pasiones y ensueños se identifica a Virginia Cuadra.
 
Paralelamente, CMR lleva una práctica a “lo amor libre”, amor profano, en el que busca, involucra a las “putillas” del Camino de Oriente, donde llegaba solo, en busca de los placeres de la carne y cargaba con ellas hasta su residencia en Altamira del Este, la casa numero 8. En ese nido de amor relinchaba con ellas, las que entraban y salían “como Pedro en su casa”.
 
Sin embargo, CMR veía con mucha pasión a las mujeres de alta sociedad, a las que idolatraba, quizás porque no estaban a su alcance, ni podía sumergir en ese tornado pasional en el que él vivía, pero esas mujeres lo inspiraron y le dieron fuerzas para crear y mostrar su genio de poeta a todos. Cada letra escrita por CMR, aún una carta, era esculpida en oro.
 
Una de las musas principales de CMR, en medio de esa masiva intervención de las féminas que lo amaban, lo adoraban, y le hacían sentir los placeres de la carne, fue Carolina.
 
Una musa que surge producto de un amor platónico fue Nena Barberena.
 
Marcado por la muerte de su mamá: se le asocia a un “complejo de Edipo”
CMR fue marcado por la muerte de su mamá (1951), quien se quitó la vida. Según Zoad Mendoza, el ingeniero Alejandro Bolaños Gayer, plantea en su libro Grandeza y Tragedia de Carlos Martínez Rivas (1999), que CMR estuvo dominado por un “complejo de Edipo”.
 
“La muerte de su madre lo marca. Era el menor y estaban unidos de una manera especial, pero todo con amor filial, nada que ver con deseos antinaturales como algunos han querido hacer creer”, aclara el poeta Pablo Centeno Gómez respecto a la teoría de Alejandro Bolaños Geyer acerca de Carlos Martínez y el complejo de Edipo.
 
Por otro lado, Zoad, destaca en su artículo que CMR tenía entre sus pocas amistades a Alfonso Callejas Deshon (amigo de juventud), y quien, se presume, fue el que le presentó a Nena Barberena. Otros amigos de CMR, identificados por Zoad, son Pablo Antonio Cuadra, José Coronel Urtecho y Joaquín Pasos, a quienes consideró sus hermanos mayores.
 
Sobre la anécdota de Carolina, quien estando presa mando a pedirle el favor de que la sacara de la cárcel, usando los buenos oficios del doctor William Mejía Ferretti. La dama estaba presa en Granada y el doctor Mejía Ferretti realiza la gestión de manera exitosa.
 
Carlos envía una carta al doctor Agustín Cruz Pérez, Juez de Distrito Penal de Granada, quien, tal como lo describimos arriba, por remembranzas de Róger Barberena Garay  del doctor Cruz, la gestión tuvo efecto positivo inmediato.
 
Barberena hace el contacto con el doctor Cruz y la respuesta no se hizo esperar: Carolina fue puesta en libertad. La mujer no dio muestras de gratitud a CMR, lo que le molestó al poeta y solicitó al juez que la mandara a capturar de nuevo “pero eso no lo podía hacer”, nos comentó el abogado granadino.
 
CMR estuvo casado con Esperanza Mayorga (1959), con quien procrea a Emmanuel y Carlos Ernesto. Se separan en 1963. CMR se enamora de Eveling Martínez (primera actriz nacional), a quien conoció en 1982 y le escribió una carta, que entregó personalmente en 1997. Años atrás la había tratado de avara y cruel. Quizás por eso de la belleza y sensualidad de la artista, que no logra alcanzar el poeta. Había tanto en ella que dar y se lo negó al poeta.
 
Fue Eveling y Pablo Centeno Gómez, quienes asistieron, junto con Róger Barberena Garay, al poeta en sus días de enfermedad y estuvieron con él a la hora final, cuando entregó su alma al Creador. Murió el 16 Julio de 1998.
 
En la lista de féminas de CMR estuvieron, según Tammy Zoad: Mimí Hammer, Ileana Remigi, Virginia Cuadra, Martita y Melba Debayle Tercero, Lola Aguirre y su prima María Paniagua Rivas.
 
A Maruca le dedicó “La puesta en el sepulcro”, “un amor que lo abandonó para casarse con un norteamericano. Se suma a la lista la colombiana Yadira Jiménez, quien fue inmortalizada con el poema: “El Paraíso recobrado”.
 
Según las valoraciones externadas por Zoad, CMR se identificó con “lo marginal”. CMR conoció a Berenice Maranhao, quien escribió “Traiciones a Carlos Martínez Rivas” sobre su experiencia con CMR. CMR la tachó de “vulgar mujer” por llevarse sus manuscritos y otras cosas. Al final de todo, cuando llegó el fin de sus días, Carlos Martínez Rivas estaba solo con sus gatos, los que heredó, en vida, a su amigo Róger Barberena Garay, al único que confió esa preciosa posesión gatuna. 
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