Sangra el Hijo de Dios Vivo

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Cultural

Granada, Nicaragua

Por: Augusto Cermeño

Ana Catalina de Emmerick, vidente y estigmatizada de los tiempos modernos, nacida en el obispado de Münster (1774), quien desde muy niña comenzó a tener visiones de acontecimientos religiosos y profanos acaecidos en épocas anteriores, y también visiones de carácter ´profético.

Catalina era hija de campesinos, su padre solía decir a la niña: “Anita, cuéntame algo”. Ella le relataba pasajes de la Biblia, como si estaba leyendo el libro de libros, por lo que el padre le preguntaba: ¿Dónde aprendiste eso, hija mía? Ella respondía: “Esto es así, papá, porque yo lo veo”.

Antes de cumplir 20 años comenzaron aparecer en su cuerpo los estigmas de la Pasión, y después de innumerables sufrimientos, a los 28 años, ingresó al monasterio de las monjas agustinas de Agnetenberg, de Dulmen.

Clemente Betano, conocido poeta de la época, la visitó y por disposición de la religiosa recogió en apretados volúmenes todas sus visiones históricas y proféticas. Ana Catalina vio el paraíso; vio a la Santísima Trinidad; vio el cielo y el limbo; vio el purgatorio y el infierno; vio al Anticristo; vio el nacimiento del niño Jesús; vio la vida, la pasión y la muerte de Jesucristo; vio a numerosos santos, su vida y sus milagros; vio infinidad de acontecimientos históricos, incluida la muerte de Luis XVI, de la que hace un relato impresionante; vio, en fin, los tiempos futuros.

Pio IX recomendó estos pasajes como meditación para Semana Santa. Dada la importancia histórica y religiosa cristiana, y de ser, esta, una época de piedad y de amor que conmemora la Iglesia Católica en Semana Santa, haremos un esfuerzo para enumerar las visiones de Ana Catalina.

Visiones históricas exactas 

Nada más exacto y perfecto como lo son las visiones históricas de Ana Catalina. La primera edición de sus visiones se publicó 9 años después de su muerte, en 1833. En ella se habla sobre la vida de los esenios, brevísimamente citada en la Biblia.

Los documentos del Mar Muerto, descubiertos hace solo unos años, han corroborado, punto por punto, las afirmaciones de Ana Catalina de Emmerick. Se entiende claramente el enorme interés que tienen sus visiones de la Luna, el Sol, los planetas y los cuerpos celestes.

Sobre la muerte de Jesucristo, llama la atención el siguiente relato, dado por un testigo presencial de ese hecho bíblico:

Sangra el hijo del Dios Vivo

 “Cuatro alguaciles fueron a sacar a Jesús del sitio donde le habían encerrado. Le dieron golpes y lo llenaron de ultrajes en estos últimos pasos que le quedaban por andar, y lo arrastraron sobre le eminencia. Cuando las santas mujeres lo vieron dieron dinero a un hombre para obtener de los alguaciles el permiso de dar de beber a Jesús el vino aromatizado de Verónica.

Más los miserables no se lo dieron y se lo bebieron. Tenían ellos dos vasos, uno con vinagre y hiel, el otro una bebida que parecía vino mezclado con mirra y con ajenjo; presentaron esta última bebida al señor: Jesús, habiendo mojado sus labios, no bebió.

Habían 18 aguaciles sobre la altura: los seis que habían azotado a Jesús, los cuatro que lo habían conducido, dos que habían tenido las cuerdas atadas en la cruz y seis que debían crucificarlo. Estaban ocupados con Jesús o con los dos ladrones; eran hombres pequeños y robustos, tenían cara de extranjeros, y los cabellos, erizados; parecían animales feroces; servían a los romanos y a los judíos por el dinero.

El aspecto de todo esto era tanto más espantoso para mí, cuanto que veía figuras horrorosa de demonios que parecían ayudar a estos hombres crueles, y una infinidad de horribles visiones bajo la forma de sapos, de serpientes, de dragones, de insectos venenosos de toda especie que oscurecían el cielo. Entraban en la boca y el corazón de los circunstantes, y se ponían sobre sus hombros, y estos se sentían el alma llena de sentimientos abominables, o proferían horribles imprecaciones. Veía con frecuencia, sobre Jesús figuras de ángeles llorando, o rayos donde no distinguía más que cabecitas. También veía ángeles compasivos y consoladores sobre la Virgen y sobre todos los amigos de Jesús.

El hijo del hombre estaba temblando, cubierto de llagas echando sangre o cerradas. Sus hombros y sus espaldas estaban despedazados hasta los huesos. Le hicieron sentar sobre una piedra, le pusieron la corona sobre la cabeza, y le presentaron un vaso con hiel y vinagre; más Jesús volvió la cabeza sin decir palabra.

Eran las doce y cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en que elevaban la cruz, el templo resonaba con el ruido de las trompetas que celebraban la inmolación del cordero pascual.

Fue un espectáculo horrible y doloroso el ver, en medio de los gritos insultantes de los verdugos de los fariseos, del pueblo que miraba desde lejos, la cruz vacilar un instante sobre su base y hundirse temblando en la tierra; más bien se elevaron hacia ellas voces piadosas y compasivas. Las voces más santas del mundo: la voz de María, de Juan, de las santas mujeres y de todos los que tenían el corazón puro, saludaron con un acento doloroso al Verbo humano elevado sobre la cruz. Sus manos vacilantes se elevaron para socorrerlo, pero cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca con grande ruido, hubo un momento de silencio solemne; todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y desconocida hasta entonces.

El infierno mismo se  estremeció de terror al sentir el golpe de la cruz que se hundió, y redobló sus esfuerzos contra ella. Las almas encerradas en el limbo lo oyeron con una alegría llena de esperanza: para ellas era el ruido del Triunfador que se acercaba a las puertas de la redención.

La sagrada cruz se elevaba por la primera vez en medio de la tierra, como otro árbol de vida en el paraíso, y de las llagas de Jesús corrían sobre la tierra cuatro arroyos sagrados para fertilizarla y hacer de ella el nuevo Paraíso del nuevo Adán.

También habla de la crucifixión de los ladrones, de Jesús crucificado y los dos ladrones, habla de la primera palabra de Jesús en la cruz.

 Habiendo crucificado a los dos ladrones, y habiéndose repartido los vestidos de Jesús, los verdugos lanzaron nuevas imprecaciones contra él, y se retiraron. Los fariseos pasaron también a caballo delante de Jesús, llenáronle de ultrajes y se fueron.

Los cien soldados romanos fueron relevados por otros cincuenta. Estos los mandaba Abenadar.

Jesús levanto un poco la cabeza y dijo: Padre mío, perdonadlos porque no saben lo que hacen.

Dimas, el buen ladrón, estaba conmovido de ver que Jesús pedía por sus enemigos. Cuando María oyó la voz de su hijo, nada pudo contenerla: Se precipitó hacia la cruz con Juan, Salomé y María Cleofás. El centurión no las rechazó.

Dimas, el buen ladrón, obtuvo en este momento, por la oración de Jesús, una inspiración interior: reconoció que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y dijo en voz distinta y fuerte: ¿cómo podes injuriarlo cuando pide por vosotros?   

Segunda y tercera palabra de Jesús

En estas visiones de Ana Catalina, el testigo citado en la misma, habla de la segunda y tercera palabra de Jesús:

Todo lo que acabo de contar sucedió entre las doce y doce y media, pocos minutos después de la exaltación de la cruz, pero pronto hubo un gran cambio en el al de los espectadores, a causa de la mudanza producida en la Naturaleza, mientras hablaba el buen ladrón.

A las diez, cuando Pilatos pronunció la sentencia, cayó un poco de granizo; después el cielo se aclaró, hasta las doce,  en que vino una niebla colorada que oscureció el sol.

A la sexta hora, según el modo de contar de los judíos, que corresponde a las doce y media, hubo un eclipse milagros del sol. Yo vi cómo sucedió, más no lo tengo bien presente y no encuentro palabras para expresarlo.

Primero fui transportada como fuerza de la tierra; veía las divisiones del cielo y el camino de los astros, que se cruzaban de un modo maravilloso, ví la luna a un lado de la tierra; huía con rapidez, como un globo de fuego.

Enseguida me allá en Jerusalén, y vi otra vez la luna aparecer llena y pálida sobre el Huerto de los Olivos; vino de oriente con gran rapidez, y se puso delante del sol, oscurecido con la niebla. Al lado occidental del sol vi un cuerpo oscuro que parecía una montaña y que lo cubrió enteramente.

Como las tinieblas se aumentaban y la cruz estaba abandonada de todos, excepto de María y de los más caros amigos del Salvador, dimas levantó la cabeza hacia Jesús, y con humilde esperanza le dijo: “¡ Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino!” y Jesús le respondió “En verdad te lo digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

La madre de Jesús, Magdalena, María de Cleofás y Juan, estaban cerca de la cruz del Salvador, mirándolo.

María pedía interiormente que Jesús la dejara morir con El. El Salvador la miró con ternura inefable, y volviendo losojos hacia Juan, dijo a María: “Mujer, este es tu hijo”. Después dijo a Juan: “esta es tu madre”. Juan besó respetuosamente el pie de la cruz del redentor moribundo, y a la madre de Jesús era ya la suya.

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