24 octubre 2021

Lo que aprendí de mi estancia granadina

Arte y Cultura

Granada, Nicaragua

Raphaelle Giacalone

IMG_5774Si tuviera que resumir en pocas palabras el viaje que hice a Nicaragua entre el 2 y el 14 de enero de este año, seria valiéndome del vocabulario que suele usarse para contar las experiencias maravillosas y únicas, mediante las cuales una crece como persona. Claro está que mi primer propósito era investigar sobre la diplomacia cultural francesa en el país de  Darío y Sandino. Sin embargo, fue esta una ocasión memorable para descubrir un nuevo país, otra cultura, que empecé a conocer  en  mis clases de literatura comparada en la Universidad de Sevilla. Cabe notar que fue  esta experiencia  la que hizo de mi estancia aquí un momento tan benéfico y agradable. Me alojé en casa de un amigo que había conocido en España y que me llevó a conocer su ciudad y su entorno. Compartí con él su hogar, pero también su forma de vida. De esta manera, pude ver y asistir  a las tertulias casi cotidianas que se suelen hacer en la acera de su casa con los vecinos, familiares y  amigos.

IMG_1120Salir a platicar con vecinos, amigos o parientes es una costumbre cotidiana y usual en Nicaragua, como lo aprendí en las mismas salas de costumbres locales del Museo San Francisco y lo pude comprobar además en mis paseos casi diarios por la Gran Sultana y sus alrededores. Precisamente en las reuniones en las cuales participé durante mi estancia en la casa del “Poeta” – de la práctica de los apodos hablaré más tarde  – tenían la característica de juntar a personas de cierto nivel intelectual y cultural de la ciudad. Mi amigo granadino es doctor en filología hispánica y uno de los especialistas más reconocidos en la vida y obra de Rubén Darío y es descendiente de una  familia de profesores, escritores y poetas bastantes respetados en su medio. Participan pues en esas  conversaciones tanto  sus amigos, que han sido compañeros de estudios, alumnos y vecinos como  miembros  del actual  entorno intelectual de la ciudad. Cuando hablo de reuniones no hay que confundirlas con las relaciones superficialmente elitistas como pueden ser las de un clud social. No, aquí me parece que es sólo una manera de llevar la vida comunitaria, que se caracteriza por la voluntad de compartir reflexiones sobre temas de alguna trascendencia. Así pude conocer, entre otros, al poeta Humberto Avilés, al abogado Ängel Marques, al presidente de la Fundación de  la Casa de los Tres Mundos Dieter Stadler, al profesor Ronald Puerto, a María Cecilia Bravo, y su esposo Fernando López Gutiérrez.  Salvo a  los dos primero que vi solo en una ocasión  – ocasión que se prolongó por lo menos cuatro horas –con  los demás pude aprovechar su compañía de buenas y cultas conversaciones y  copas abundantes.

Estos contactos también fueron clave para el desarrollo de mi trabajo de investigación. A pesar de la pérdida de su mujer, Lidia Camila, cuyo fallecimiento estremeció a la comunidad granadina, Dieter me concertó una cita con el director de la Alianza Francesa de Managua que era su amigo, lo llamó directamente para que yo hablara con él y acordaramos un encuentro y la realización de una entrevista sobre el tema de mi trabajo académico.

IMG_9344Este mundillo, si es capaz de platicar seriamente sobre asuntos políticos, económicos o literarios, también se caracteriza por su pertenencia a lo que llamaríamos el espíritu de pueblo. Es decir: el cotilleo, las conversaciones indefinibles sobre las vidas ajenas, múltiples anécdotas pintorescas sobre los vecinos o amigos comunes. Es increíble como esta gente puede recordar los nombres y hechos de los demás granadinos que vivieron hace décadas. Una vecina pareció ser el guardián histórico de los acontecimientos de los habitantes del barrio: dona Daisy,  una señora de 86 años, de mente todavía vivaz, que encontré una noche, cuando salía de misa en compañía de la Negra Bravo. Una gran parte de las anécdotas que recuerdo son las que nos contaba precisamente la Negra, cuando pasamos una tarde a la orilla del lago, tragándonos copas de Flor de caña  y Coca Cola (“el agua negra del imperialismo”), intentando no pensar en el corte de luz y de agua que paralizaba el país desde la mañana. De haber sido la responsable del cementerio de Granada durante los años de la Revolución la Negra nos pudo contar lo que sucedía entonces: los robos de las lápidas, las inhumaciones a escondidas en la noche o las transferencias a las hueseras para hacer espacio a los recientes difuntos. Si eso suele pasar en cualquier cementerio del mundo, los protagonistas o difuntos de lo que nos contaba la Negra eran Granadinos o Nicaragüenses conocidos o formando parte de su entorno familiar.

IMG_5769Esta ciudad, a pesar de su importancia demográfica, se parece más a un pueblo por el trato que existe entre sus habitantes, que es mucho más individualizado y directo que en nuestros países europeos. Claro está que se debe a una infraestructura  de comunicación menos desarrollada, pero también me pareció que existe como una voluntad de vivir en la cual todo el mundo se conoce y llega hasta la casa de sus familiares a buscar un trato directo sin pasar por el teléfono. Se nota también en algo que me fue difícil al principio acostumbrarme: las direcciones de las casas y edificio, o mejor dicho, la falta de dirección concreta. En efecto, una característica urbana nicaragüense es ubicar a un lugar indicando su distancia con otro lugar más reconocido. Puede ser la Alianza francesa de Managua: “de la embajada de México, ½ cuadra al Norte”, o la propia casa de mi amigo : “calle corral / corrales (aparece bajo plural o singular), esquina opuesta al convento San Francisco”.  Esta costumbre puede tener cierto encanto, por ejemplo cuando me llevó a un divertido  juego de pista en busca de la Alianza Francesa de Granada. Asimismo cuando fui  a Managua para ir a la embajada de Francia el punto de referencia era la iglesia del Carmen – gracias a las indicaciones más o menos claras de los transeúntes.  Se nota además el espíritu de pueblo y el trato personalizado con el hábito de poner apodos. Si también en España se llaman a los familiares con sus diminutivos, ellos son de carácter genéricos de un nombre y no adecuados a una persona en particular. El caso más significativo aquí son los Micos, los Chimindongos, los Negros, aunque, aclaro,  aquí no existe racismo ni discriminación racial por el color diferente de la piel.

De haber conocido varios hogares de holgada condición social y económica, asistí a las relaciones entre las personas ricas y  pobres. En eso mi amigo granadino es fiel a sí mismo.  Así como actúa en España, no menosprecia a la gente humilde que lo rodea. Es amigo – o por lo menos lleva relaciones cordiales- con los borrachos, mendigos y locos de la ciudad. Tiene la costumbre de dar unos pesos a los necesitados que le piden limosna, costumbre tan arraigada que sus amigos me dijeron que tiene su propia “corte de los milagros” en su casa, aunque de lo que pude apreciar, este tipo de visitas no son tan frecuentes. En Nicaragua, se llama a los criados de la calle que te prestan todo tipo de servicios “mandaderos” o “cachimberos”.  Rodean una acera, una esquina, conocen a los vecinos y van a comprar bolsas de hielo, cigarros, transmitir mensajes a cambio de quedarse con el dinero que sobra o una propina. Alguien me dijo que son imprescindibles a la sociedad, sin ellos, la gente cómoda no podría hacer nada. Por eso, es preciso evocar también el caso de los empleados de casa, que se encargan de la cocina, la limpieza de la ropa y el aseo del hogar.  Aunque sabía que en los países poco desarrollados tener empleados es casi obligatorio, al principio me sentí  un poco incómoda de ver a una mujer fregando el suelo, o lavaba mi ropa a mano, mientras yo descansaba en la hamaca. Pero algunas veces, me decían, se les tiene confianza  y se  les trata y paga muy bien. Tan bien que vi que se permitían cierta negligencia en cuanto a los asuntos de la limpieza, por ejemplo.

En cuanto al trato que pude tener con los comerciantes vi una clara diferencia cuando andaba sola o acompañada. Las veces que me fui sola a pasear o investigar para mi trabajo, las miradas insistentes se convirtieron más en piropos y proposiciones, en un inglés poco asegurado. Al mismo tiempo cuando andaba acompañada también atraía miradas interrogativas. Sin embargo, la presencia de mi acompañante impedía que me estafasen con los precios o que me considerasen como una turista común. Este análisis es propiamente subjetivo y seguramente no tendría mucha sustancia fuera de mi mente un tanto inquieta y sorprendida.

is (3) Cuando digo que este viaje ha sido una experiencia única, extraordinaria, no es solo por la belleza de los paisajes que he visto, las Isletas del Gran Lago, el cerro Mombacho, del descubrimiento de otra cultura, o de los momentos tan agradables y tranquilos que viví sino porque podía formarme una idea de lo que significa moverse en círculos intelectuales, formadas con personas abiertas sobre todo culturalmente y que valen la pena relacionarse con ellas.  Este viaje, en definitiva, fue marcado por el descubrimiento y la novedad. Pero no solo en el sentido del exotismo tropical que uno siente haciendo este tipo de viaje turístico. Ha sido descubrir otro modo de pensar, y sobre todo, otra consciencia del tiempo y de la distancia. De manera que, cómo al regresar de mi viaje a Asia, cuando volví a Francia, tenía una  mirada diferente  sobre la sociedad nuestra lo que, al final, es la meta del viajero : volver a casa más consciente de lo que le rodea.

Share on facebook
Facebook
Share on google
Google+
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp

Deja un comentario

Usamos Cookies