27 noviembre 2021

“El Negro Bravo” recordó “a ese negro vestido de lino blanco”: Carlos A. Bravo, su maestro, su padre

Arte y Cultura

Granada, Nicaragua

Por: Augusto Cermeño

CAB con sus dos hijos Maria Cecilia y Alejandro
Profesor Carlos A,. Bravo, con sus hijos: Maria Cecilia y Alejandro Bravo Serrano

El escritor granadino Alejandro “El Negro” Bravo Serrano, quien heredo de su padre un alto sentido del humor, de tal forma que recordó un peculiar poema, que aprendió de niño, ante el público presente en la celebración al 40 Aniversario del Fallecimiento del profesor Bravo.

Estaban presentes personalidades como el ex Presidente de la Corte Suprema de Justicia, doctor Guillermo Vargas Sandino, Dionisio Cuadra, doña Janet viuda de Sandino, doctor Horacio Bermúdez Cuadra, Jaime Arana y Jaime Ibarra Pasos, entre otros.

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De izquierda a derecha: Mariano Marin, Maria Cecilia y Alejandro, Jorge Eduardo Arellano

El poema que le enseño el profesor Bravo a su hijo: “Una vez que lo conté, y aún lo recuerdo con miedo: me quise tirar un pedo y ahí no más me cague”, lo que hizo estallar en el público grandes carcajadas y aplausos. Les cayó muy en gracia.

Un Córdoba por cada capítulo leído de “El Quijote”

Agrega que después de ese poema: “mi papá no me podía pegar, porque él me había enseñado el poema. El don Carlos me había enseñado el poema. Cuando ya había aprendido a leer, gracias a mi hermano Carlos María Chan, entonces mi papa me llamó y me dijo: Mire amigo, ya sabe leer. Si le dije y agregó que me iba a pagar un peso por cada capítulo del Quijote que usted se lea en unas vacaciones”.

CAB palabras de agradecimiento al homenaje PHC
Carlos A. Bravo

“Eran principios de los años 60, cuando valía 25 centavos un vigorón donde la Modesta y con la chica, 40 centavos. Todavía me quedaban. Leí a toda madre el capítulo del Quijote. Cuando llegue y le leí la primera parte del Quijote, me dejó de pagar, el resto lo leí gratis”, recordó Bravo Serrano.

Posteriormente el profesor Bravo le dijo a su hijo, Alejandro, que “usted tiene que escribir mejor que yo…”. Hablando de su padre, Alejandro dice que “Carlos A. Bravo nació en el pequeño pueblo de San Miguelito, que era parte del Departamento de Chontales en el siglo pasado (XX), cuando todavía el Gran Lago era surcado por vapores y el país entero tenía fe en la construcción de un canal Interoceánico, como fórmula mágica que llevaría a la nación al desarrollo”.

El Río San Juan y la “Fiebre del oro”

Habló de la vía de transporte por el San Juan, cuando la “fiebre del oro”,  viajando desde Nueva York hasta San Francisco de California. “Su visión queda, desde entonces, deslumbrada por el celeste pálido, de la inmensidad del Cocibolca y por el embrujo que produce la contemplación de ese río, por donde desfilan páginas enteras de la Historia Patria, entre el reflejo de los grandes árboles, de sus márgenes, en el cristal líquido de sus aguas, como gigantescas catedrales de verdor, en donde los pájaros cantan solemnes canos de amor por Nicaragua”.

Carlos A. Bravo: vendedor de cajetas y rosquillas

Lectura de la acreditación como Profesor Honoris Causa a  CAB lee Tunnermann
Lectura de acta en la que se declara «Doctor Honoris Causa al profesor Carlos A. Bravo. CarlosTunerman lee Acta.

“Años después nos encontramos al joven Carlos, vendiendo cajetas y rosquillas en la naciente Ciudad Rama, una pieza más del gigantesco engranaje, de la exportación de hule y banano a los Estados Unidos. Por decisión de su familia, marcha a Bluefields y aprende ingles en el Colegio Moravo. Allí se hace periodista”, relató Alejandro. Lugo “marcha a Nueva Orleans, para perfeccionar su inglés y en el año del hundimiento del Titánica, regresa a Nicaragua”, agregó.

El profesor Carlos A. Bravo, “se hace seminarista pero no llega a ser cura, porque Zelaya cerró el seminario de León, cierra filas con la revolución liberal, en las postrimerías de está y adversa con su pluma a la segunda República conservadora, lo que le vale decenas de cárceleadas, por órdenes de Emiliano Chamorro”.

Carlos A. Bravo, de niño, “profesor de segunda enseñanza y escritor. Era joven aún, cuando pronunció un discurso en las honras fúnebres de Darío. Viajo por toda Nicaragua, y en compañía de sus alumnos y amigos, los Arguello Montiel, recorrió las vastas llanuras y la deslumbrante joya de verdor, de las montañas de Amerrisque, el Chontales de los años 20”.

Para entonces, según Alejandro, “las leyes de los hombres, ya para entonces, habían dividido a Chontales, pero para la ley del amor de este hombre, que por su tierra, Chontales, seguía siendo sólo uno, y llegó a ser sinónimo de toda su patria”.

Dijo que “Carlos A. Bravo era hijo de una chontaleña. Mi abuela, era Guerrero Morales, de Acoyapa. Ella, que se educó como señoritita, en la Granada del siglo XIX, que en esos años sabía leer y escribir, cosa rara en una mujer, fue quien le enseño a amar el paisaje de Chontales”.

Amor por Chontales, amor por su país

CAB con Carlos Tunnermann Bernheim y Edgardo Buitrago
Carlos A. Bravo, Carlos Tunnerman y Edgardo Buitrago. Detrás de Carlos, el señor Rostchuh Tablada

Para Alejandro, “ese amor lo había de mostrar en una de sus piezas prosísticas inmortales. El paisaje de la finca donde su madre creció, el valle llamado “La Amanguita”, donde nació el becerro, el paisanal donde vivió, los árboles, las flores, los pájaros y hasta el olor de las lilas flotando en el ambiente”.

Muy inspirado, Alejandro dice que “ese amor por la tierra, inculcado desde niño, se hace adulto en los bienes de Carlos a la hacienda de los Arguello Montiel. Ahí es donde se quedan, en sus pupilas, las imágenes de los campistos que describió Jorge Eduardo, con personajes inmortales, como don Juan Jirón, el solitario de San Pío”.

Bravo Serrano habla de Chontales, “la tierra de mi madre, es un trabajo literario donde recoge esas vivencias. La manera de ser del campisto chontaleño, su relación con la naturaleza, algo que deberían aprender los ecologistas de hoy: el papel del caballo en la vida del campisto. Retablos de personajes y las inmortales abejas de San Pío, viven aún, gracias a sus memorias y a su pluma”.

Nicaragua: Teatro de lo Grandioso

Indica que Chontales “tendría nombre y apellido para Carlos A, Bravo. Chontales sería literatura y amistad. Chontales sería para Carlos, sinónimo de Guillermo Rothschuh Tablada, quien mantuvo viva la llama de amor por Carlos, cuando muriera y cuando poca gente de acordará de él, el primero que celebró la aparición de Nicaragua: Teatro de lo Grandioso, el libro de Carlos…”

Alejandro “cree que el principal comprador de ese texto que publicara la Editorial Nueva Nicaragua. De los galardones que en vida recibiera, nadie llenó tanto de gozo el corazón Carlos Bravo, como “El Sol  de oro” que le impusiera el clan intelectual de Chontales, por iniciativa del maestro Rothschuh”.

Alejandro habló “de ese hombre que fue vende cajetas, seminarista, católico, estudiante de colegio protestante, hijo de general conservador, periodista, maestro, secretario privado del Presidente de la República. Miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua, correspondiente a la Real Academia Española y Director de la Biblioteca Nacional”.

“Ese negro vestido de lino blanco…”

“Ese negro, vestido de lino blanco, que hiciera gala de un fino humor, y nos dejara las mejores páginas de la prosa nicaragüense. Inventando una parte que le viene como centro de atención a Chontales y su gente. A ese hombre recordamos hoy, agradeciendo su pupila fresca y su pluma prodigiosa, el habernos conservado, en sus páginas, la memoria de un Chontales bello, como era su decir, que es nuestro deber conservar para las futuras generaciones”, expresó “El negro Bravo”.

Reveló que “de ese hombre aprendí mi amor por las letras, el amor por la patria y el amor a Chontales. De ese hombre, estoy orgulloso de ser su hijo. Gracias”.

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